LA CENA

27 noviembre, 2018

Era su primera cena benéfica del baile anual de la Orden de Malta en España. Cinco días antes, había alquilado un esmoquin, pues en la invitación se exigía dicha vestimenta para los caballeros. El traje de gala le quedaba muy ajustado, pero elegante según su madre, aunque él se sentía un poco ridículo con el atuendo, “Parezco un cómico en el programa de TVE en nochevieja” decía mientras se ajustaba la pajarita delante del espejo. Era la primera vez que se ponía un traje de etiqueta, no así la pajarita negra,  ya que él quiso utilizar la misma que usaba para el coro del conservatorio. No quedaba mal.

Se desplazó en taxi hasta el lugar del evento. No quiso que le acompañara nadie. Probablemente por vergüenza a ser visto acompañado por sus padres. Al llegar al gran hotel, ya en el vestíbulo bien enmoquetado de rojo pasión, saludó a los pocos que conocía, mientras pensaba que aquello era una fiesta de caricaturas de James Bond. Un par de frases frívolas, algunos saludos protocolarios y presentaciones sin mucha atención fueron llenando el tiempo hasta la cena. ¡Dónde me he metido! repetía una y otra vez en voz baja, mientras tomaba un vino blanco muy fresco que le había acercado el camarero sonriente, por tercera vez, con una bandeja repleta de copas con líquidos de colores. El camarero tenía la misma pajarita que él. Tomó el vino de golpe y fue a por más para huir de la tertulia en la que estaba metido, al lado de los ascensores.

Después de pasear por todo el hotel y seguir conversando con la mirada perdida, se les invitó a todos al salón donde las mesas estaban dispuestas alrededor de la presidencial. Todas redondas y con ocho o diez sillas cada una.  La costumbre en Europa, en un acto social de esa índole, era sentar a los solteros jóvenes juntos. La Orden de Malta, por su carácter internacional, llevaba a raja tabla esta norma. 

En un pequeño tablón a la entrada del salón, figuraba el número de mesa y los nombres. Él llegó a la suya después de preguntar a dos camareros, dónde estaba la número siete.  

Allí bien ubicada, cerca del escenario y de una puerta de salida, estaba la suya. ¡Bien! exclamó. Su alivio al contemplar el cartel de salida de emergencia iba a la par que su euforia por el vino.  

Cuando buscaba su nombre en la mesa para sentarse, llegaron tres chicas jóvenes y muy monas vestidas todas de negro: una alemana, una andaluza y otra de Paris. La gente de París, nunca dice que es francesa, sólo de París. A los pocos minutos llegaron tres chicas más, todas de Madrid y sólo un chico, un vizcaíno simpático pero muy atropellado que tiró una copa nada más sentarse en la mesa.  

Empezaron con las presentaciones, para cortar el hielo. La mayoría estudiaban todavía. El chico Vizcaíno era abogado en el despacho de su padre. Todas empezaron a hablar de estudios, de derecho, de jurisprudencia… Sólo faltaba él por presentarse y explicar a qué se dedicaba. Tomó un trago de agua esta vez y  no se le ocurrió otra cosa que decir: “Yo soy médico”. Nada más lejos… Estaba estudiando Ciencias Políticas y pensaba en matricularse en Historia, en contra de lo que siempre le habían aconsejado sus padres. Al pronunciar la palabra “médico” en la mesa, notó el interés de todos los comensales sobre su área profesional. El aburrido chico de leyes pasó a un escandaloso segundo plano. Ahora, el falso médico era el centro de atención de la fiesta  y estaba feliz y contento.  Ya no miraba hacia la puerta de salida y sólo esperaba a que empezara el baile después del postre, los discursos y la aburrida rifa que siempre suele ser agotadora mentalmente. 

Todavía hoy se pregunta por qué respondió aquello. Mientras tomaban todos un helado de vainilla infumable, la chica alemana le dijo: ¡Están preguntando por un médico! Él que seguía animadamente la conversación con la chica de Paris que tenía a su derecha, no había escuchado nada. Una mesa más alejada de la presidencial estaba totalmente levantada mientras que el efecto dominó hacía lo propio con los demás: pedían un médico. Sí, como en las películas. Él se levantó, abrochó su chaqueta y se desplazó victorioso hacia el requerimiento facultativo. Sus piernas empezaban a temblar al llegar a la mesa número 12. Su paso no era tan firme ni triunfador, el dolor de estómago le recorría de abajo a arriba. Sus piernas ya no se notaban… Una señora de unos 70 años, yacía en el suelo, blanca, que contrastaba ferozmente con el vestido azul oscuro. Algunos le miraban indicando que se apresurase, otro señor estaba abanicando a la señora tumbada. En ese momento providencial se acercó un caballero de unos 50 años, con lentes y con poca preocupación, se agachó y tomó el pulso a la señora. Él ya no sentía su cuerpo mientras le costaba acercarse a la escena. El verdadero médico, el caballero de 50 años le miró a él y le dijo que era un desvanecimiento. Él asintió mientras gotas heladas de sudor recorrían su rostro. La señora recobró la consciencia y él seguía plantado a dos metros sin articular palabra. Regresó a su mesa sin sentir las piernas todavía. Todos le preguntaron y él dijo firmemente: “Un desmayo lógico por el calor de la sala, ya recuperada”. 

Bailaron mucho, se divirtieron y todas quedaron admiradas por el héroe de la mesa siete. Las copas fueron eclipsando el miedo que aún sentía en el cuerpo por la escena y su suerte. 

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