CUENTO DE NAVIDAD

22 diciembre, 2018

Navidad en Madrid, años 50.Era la tercera vez que Fermín se despertaba a las cuatro de la madrugada en esa semana. Preso del mismo sueño que el de las dos noches anteriores, se liberaba de él al apuntar un número en la libreta del cajón de la mesilla de noche, 22.030, el número coincidía otra vez. Esa mañana, ya en la oficina de Correos donde llevaba trabajando muchos años, comentó a sus compañeros lo que le perturbaba. Todos coincidieron en que eran tonterías. Pero Fermín sabía que se trataba del premio del Gordo de Navidad -el primer premio- de la Lotería Nacional. “¡Una señal divina!” ironizaba alguno, “¡Si tan claro lo tienes Fermín, debes irte a Madrid a por el décimo!” exclamaba otro. Eso mismo pensaba Fermín, pero aún no sabía cómo lo plantearía en casa.

Durante el almuerzo con su familia, Fermín no se atrevía a hablar y disimulaba oír el parte de noticias en la radio. Su suegra Ana María advirtió lo poco comunicador que estaba, su esposa Emilia y sus dos hijos adolescentes, Ignacio y Anita, miraron con preocupación. “Voy a ir a Madrid porque he soñado con un número de lotería y debe ser el gordo” dijo finalmente Fermín, mientras el locutor de radio anunciaba que quedaban dos días para el sorteo de Navidad. Su familia, empujada por el entusiasmo y la corazonada de Fermín, le ayudó con la maleta, pues tendría que salir esa misma tarde ya y avisar en la oficina que se ausentaría un par de días. Debía hacerlo pronto, muy pronto pues tardaría medio día prácticamente en llegar a la capital de España, el tren era el único medio de transporte que unía Badajoz con Madrid. Ocho horas de tren y mucha esperanza e ilusión, pero valía la pena.

El tren llegó a las 9 de la mañana del 21 de diciembre de 1954. El frío de Madrid no era como el de Badajoz pero pegaba las mismas bofetadas en la cara una vez en la calle, al salir de la estación del tren. Fue caminando hasta la Puerta del Sol para encontrar un hostal decente, con comida caliente y cama para un par de días. Consiguió habitación en una misma esquina de la plaza con la calle del Arenal, Hostal Calderón. Llamó a casa y comunicó que empezaba la jornada con la búsqueda de su número soñado. Lo tenía fácil, pues en la misma Puerta del Sol se concentraban varias administraciones de lotería y muchos vendedores ambulantes de los décimos de Navidad. Preguntó en un par de sitios sin éxito, continuó a otros dos más, el desánimo le embargaba intermitentemente, pues después de hacer cola muchos minutos, obtenía demasiadas respuestas negativas. Era casi mediodía cuando tuvo que desplazarse a otros barrios de la ciudad, para probar suerte. Compró dos décimos distintos en una administración de lotería de la zona de Argüelles, pues mientras esperaba se quedó mirando los números y ya los tenía muy memorizados para dejarlos escapar. 

No había pegado bocado en todo el día, su cuerpo ya flaqueaba, eran las ocho de la noche, se cruzaba con señores con abrigos inacabables y sombreros finísimos, pero él tampoco se acordaba del frío. Rendido pues, se volvió al hostal, para cenar y descansar y rezar para que al día siguiente, el 22.030 fuera sólo un sueño y no una realidad.

Las voces de los niños de San Ildefonso cantando los números, le iban despertando. Se había quedado muy dormido por la noche. Radio Nacional emitía con mucha fuerza el Sorteo Extraordinario de Navidad, y para los españoles, este coro infantil  con su cantinela, era el preámbulo de la Nochebuena. Se mostró optimista, olvidó su aventura fallida y salió del hostal, bien vestido con la ropa de los domingos y con sombrero. Se dirigió a una cafetería que había frente al lugar donde se alojaba, al cruzar la calle, tropezó con un pequeño cartel del cine Barceló que estaba en el suelo, Quo Vadis, siempre le habían gustado las películas de romanos, recordó haberla visto en el Cine Central de Badajoz la Semana Santa de ese año.

Mientras mojaba las porras calientes y aceitosas en su café con leche, recordó lo que le había dicho el administrador de loterías de Argüelles, su número soñado estaba íntegramente en Palma de Mallorca, nada que hacer. De pronto las voces de los niños de San Ildefonso cambiaron el tono… Era el Gordo. Su taza cayó el suelo, la tercera vez que escuchó el número en la radio del bar,  Fermín se desmayó literalmente, era el 22.030. Al despertar vio dos señoras bien ataviadas que le abanicaban con una libreta y una carta del establecimiento. Pagó y salió corriendo. Estuvo paseando sin rumbo hasta las dos de la tarde. No podía creerlo. ¿Por qué esta jugada del destino? ¿Estaba Dios enfadado con él? ¡Si él nunca había hecho mal a nadie! Pensaba… 

Llegó al Hostal, el dueño le dijo que había recibido cuatro llamadas, dejaron todos el número para que devolviese la llamada. Fermín cayó en la cuenta en que su familia y amigos le hacían vencedor. Sólo contestó a su esposa y le dijo la verdad. Su mujer no dijo nada, sólo que volviera a casa para estar todos juntos. No obstante él se sentía un fracasado. Salió  del hostal con el equipaje y con su abrigo verde en la mano, para dirigirse a la estación del tren y coger el de la noche. Aún quedaban muchas horas hasta las diez, subió a un taxi. Al bajar a su destino el taxista le miró extrañado ¿Un hombre solo al zoo en Navidades? se preguntó. Fermín compró la entrada, miró el plano del Zoo de Madrid y se dirigió a la zona de las fieras. Al llegar a los leones, saltó la valla con ánimo de lanzarse a ser devorado como los cristianos de la película Quo Vadis, tuvo mala suerte y tropezó cayendo menos cerca de lo que pretendía. La poca gente que estaba por allí a esas horas, gritó desesperadamente y con una escalera pudo ser evacuado. Los guardas preguntaban una y otra vez qué había pasado. Fermín se disculpaba y alegaba que era el segundo desvanecimiento del día. Después de dejarle descansar, un guarda le acompañó con su coche a la estación. Fermín le dio las gracias, suspiró mirando el cartel que anunciaba su destino y su hora, se había retrasado la salida, por un fallo luminoso, en el que los dos puntos de la hora tenía un cero, aparecía una cifra con cinco números: Badajoz, 22030 horas.

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